Los versos estaban por ahí, en alguna parte, predidos en esa frontera entre el cielo y el negro borde de los edificios. Les miraba ahí, volando, sin poder atraparlos. Las letras, seguramente, estaban desperdigadas entre las hojas de los árboles, al pie de los departamentos, y no podía hacer nada para ir a buscarlas, para correr hacia allá, espurgar entre las hojas, bajo los autos, en la melena del perro, para reunirlas todas y darles un orden, un sentido. Para darles vida y sentimiento, para que ya no estuvieran ahí regadas, abstractas, como animalitos salvajes. Era necesario domesticarlas y no podía irme tras ellas, tomarlas entre mis dedos para darles un rostro y un rastro de humanidad. Quería pulirlas coo diamantes en bruto, pero se evaporaban como polvo de carbón; se disolvían traviesas en el paisaje, la mayoría, perdidas en ese punto ciego, justo detrás de los edificios.
Pero no, estaba atada por los pies al suelo, como enraizada a ese rincón eterno junto a la puerta. Encadenada a esa rutina de sentarse y mirar a mis letras volar. Mientras mis letras desaparecen como el agua al fugarse por una coladera, aparece Dalí en el balcón. Sentado ahí, gallardo, ágil, mirando con sus ojos bizcos y entornados a las letras mientras huyen. Tampoco él podía atraparlas ni, mucho menos, domesticarlas. Es parte de su condición natural: al igual que ellas, es un rebelde, siempre lo ha sido. Y ni siquiera tiene caso decírselo, es mejor dejarlo ser feliz, tal cual es, dichoso, cínico, sin preocupaciones, compartiendo esa libertad con las letras. Mis letras. Y yo, entre tanto, sólo puedo contemplarlos cuando ambos se ríen de mí, con sus colores y sus ojos bizcos; con su textura de trapos escurridizos, mientras pasan golpeando suavemente mi cara. Si tan sólo me dejaran acariciarles, conquistarles... Sólo ensoñaciones.
Dalí se acerca de un salto. Estúpido gato, me rasca el pantalón, con sus pequeñas y penetrantes uñas,como si de ahí fuera a salir la comida que tanto ansía, olvidándose ahora de las letras, mis letras, con las que se confabulaba para que pudieran irse lejos de mi alcance.
Estúpidas letras, para que vean lo que se siente, ya ni el gato se acuerda de ustedes. ¿Quién va a domesticarlas ahora? Ni siquiera mi gato pudo atraparlas, para llevarlas a los pies de mi cama, como hace con las cucarachas y los grillos. Los grillos, uno de ellos, adorable grilito de ojitos negros que me miran, mientras, a mis pies, el agua cae a escasos saltitos de donde él está. Aún me mira con sus diminutos ojos negros. Quiéreme, niña, necesito un amigo, que me cuiden, no tengo mamá.
¿Qué más podría hacer yo? Sólo dejarme arrasar por ese sentimiento de ternura, suave como terciopelo rosa, que me nace por ese grillito que está a mis pies, en la regadera. Pobrecito, te pareces a crí-crí. Creo que así voy a llamarte. No te muevas, te llenarás de espuma y te hace daño, ahí quédate bonito, bien quietecito. Tan bonito y tan solito. No, mamá, se va a perder mi grillito si no me ve, pobrecito ¿por qué lo tira mi abuelita a la basura? Era mi amigo, ¿ya ves? Ya lo trae Dalí en su boca, atrapado en esa fea cárcel de dientes. Mira, ya vino otra vez a los pies de mi cama. Hola, ¿estás bien? Pobrecito, vete que ya no puedo cuidarte, al cabo mi abuela ya no está y ya no podrá tirarte a la basura. Gato malo, ¿dónde dejaste mis letras? Suelta ese grillo y ve por mis letras.
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