Diario del sol a media noche

jeudi 5 novembre 2009

Letras....

Los versos estaban por ahí, en alguna parte, predidos en esa frontera entre el cielo y el negro borde de los edificios. Les miraba ahí, volando, sin poder atraparlos. Las letras, seguramente, estaban desperdigadas entre las hojas de los árboles, al pie de los departamentos, y no podía hacer nada para ir a buscarlas, para correr hacia allá, espurgar entre las hojas, bajo los autos, en la melena del perro, para reunirlas todas y darles un orden, un sentido. Para darles vida y sentimiento, para que ya no estuvieran ahí regadas, abstractas, como animalitos salvajes. Era necesario domesticarlas y no podía irme tras ellas, tomarlas entre mis dedos para darles un rostro y un rastro de humanidad. Quería pulirlas coo diamantes en bruto, pero se evaporaban como polvo de carbón; se disolvían traviesas en el paisaje, la mayoría, perdidas en ese punto ciego, justo detrás de los edificios.
Pero no, estaba atada por los pies al suelo, como enraizada a ese rincón eterno junto a la puerta. Encadenada a esa rutina de sentarse y mirar a mis letras volar. Mientras mis letras desaparecen como el agua al fugarse por una coladera, aparece Dalí en el balcón. Sentado ahí, gallardo, ágil, mirando con sus ojos bizcos y entornados a las letras mientras huyen. Tampoco él podía atraparlas ni, mucho menos, domesticarlas. Es parte de su condición natural: al igual que ellas, es un rebelde, siempre lo ha sido. Y ni siquiera tiene caso decírselo, es mejor dejarlo ser feliz, tal cual es, dichoso, cínico, sin preocupaciones, compartiendo esa libertad con las letras. Mis letras. Y yo, entre tanto, sólo puedo contemplarlos cuando ambos se ríen de mí, con sus colores y sus ojos bizcos; con su textura de trapos escurridizos, mientras pasan golpeando suavemente mi cara. Si tan sólo me dejaran acariciarles, conquistarles... Sólo ensoñaciones.
Dalí se acerca de un salto. Estúpido gato, me rasca el pantalón, con sus pequeñas y penetrantes uñas,como si de ahí fuera a salir la comida que tanto ansía, olvidándose ahora de las letras, mis letras, con las que se confabulaba para que pudieran irse lejos de mi alcance.
Estúpidas letras, para que vean lo que se siente, ya ni el gato se acuerda de ustedes. ¿Quién va a domesticarlas ahora? Ni siquiera mi gato pudo atraparlas, para llevarlas a los pies de mi cama, como hace con las cucarachas y los grillos. Los grillos, uno de ellos, adorable grilito de ojitos negros que me miran, mientras, a mis pies, el agua cae a escasos saltitos de donde él está. Aún me mira con sus diminutos ojos negros. Quiéreme, niña, necesito un amigo, que me cuiden, no tengo mamá.
¿Qué más podría hacer yo? Sólo dejarme arrasar por ese sentimiento de ternura, suave como terciopelo rosa, que me nace por ese grillito que está a mis pies, en la regadera. Pobrecito, te pareces a crí-crí. Creo que así voy a llamarte. No te muevas, te llenarás de espuma y te hace daño, ahí quédate bonito, bien quietecito. Tan bonito y tan solito. No, mamá, se va a perder mi grillito si no me ve, pobrecito ¿por qué lo tira mi abuelita a la basura? Era mi amigo, ¿ya ves? Ya lo trae Dalí en su boca, atrapado en esa fea cárcel de dientes. Mira, ya vino otra vez a los pies de mi cama. Hola, ¿estás bien? Pobrecito, vete que ya no puedo cuidarte, al cabo mi abuela ya no está y ya no podrá tirarte a la basura. Gato malo, ¿dónde dejaste mis letras? Suelta ese grillo y ve por mis letras.

mercredi 18 mars 2009

3: Hacia afuera...

Lista, tomo mi gabardina y me encamino hacia afuera, a un invierno infinito y blanco, mientras camino, y el viento helado, nuevamente, acaricia mi cara, es reconfortante el frío después de haber experimentado el calor del sol y haber sido quemada por él. Como ir al mar, arderse la piel hasta no soportar más y después sumergirse en el agua helada. Así es mi vida ahora de reconfortante, a salvo estoy de todo en el frío y en las sombras, refugiada tanto de la luz como del calor, ambos ahora mortales, y más después del incendio.

-Good evening, Idalia.

-Good evening, ma’m.

Rodeada de tantas buenas personas, me siento aún peor, pero no tengo muchas opciones ahora. Vivo aquí y al menos todos son discretos, nadie advierte mi presencia tal cual soy, sólo me miran pasar y se limitan a sonreír. Bueno, dado que con algunos de ellos no comparto el mismo idioma, no es motivo de asombro; y con quienes tal vez sí, simplemente somos tan distintos que parecería que tampoco compartimos el mismo lenguaje. Apenas y me saludan. Mejor así, también ellos llevan una vida difícil, la vida aquí es triste. La localidad está apenas en vías de incipiente desarrollo, y paradójicamente, a la vez que viven tristes y con problemas serios, también empujan duro todos para salir adelante. Y digo paradójicamente porque aquí la vida es toda una paradoja. La enciclopedia plantea que “paradoja es una declaración en apariencia verdadera que conlleva a una autocontradicción lógica o a una situación que contradice el sentido común. En palabras simples, una paradoja es lo opuesto a lo que uno considera cierto: es un contrasentido con sentido. Las primeras formas de la palabra aparecieron como la palabra del latín paradoxum, pero es encontrada también en textos griegos como paradoxa. Se encuentra compuesta por el prefijo para-, que significa contrario a o alterado, en conjunción con el sufijo doxa, que significa opinión”.

Acorde a lo anterior, puedo sin duda definir mi vida y la vida en general en este lugar como paradójica. Dicha paradoja puede observarse en muchos aspectos, comenzando con la mera apariencia del lugar: un paisaje nevado que luce desértico; el hecho de los atardeceres llenos de color que se reflejan en los blancos glaciares y algunos espectáculos de aurora boreal que se alcanzan a apreciar en medio de la noche negra. Después, ya en cuanto a las personas, la contradicción radica en que viven inmersos en problemas de drogas, y deprimidos en su mayoría; son pocos habitantes y la muerte recurrente acecha intensamente después y debido a cada suicidio. Para mí sólo hay un lado positivo en cuanto a eso, pero, incluso a mí me sigue pareciendo aterrador. El aire está cargado de muerte, monotonía, añoranza, tristeza, y un toque de gris esperanza, que aunque es valiosa, sigue siendo gris, igual que todo lo demás.

Los colores del paisaje aquí son en su mayor parte café, blancos y grises, básicamente; la única excepción cromática es cuando el sol hace su debut en la mañana y su despedida previa al anochecer, cuando sobre el glaciar deja caer su manto suave de colores. Es ahí donde todos, nativos o no, y sin importar la lengua que hablamos o de dónde venimos, sentimos lo mismo, entregados en contemplar a nuestro principal embajador de vida en estas tierras que a veces parecieran dejadas de la mano de Dios, acariciadas solamente por el sol.
Creo que son los únicos colores que me quedan, el sol, la música y mis tan adoradas letras.

Después del ocaso, camino la orilla, junto al mar, a esperar al querido amigo Josh que viene de Coral Harbour porque fue allá a no sé qué. Si hoy tampoco llega, será la segunda vez que me deje plantada. Igual, no llegará en barco, pero para fines prácticos suelo verle ahí, en la orilla, cerca del aeropuerto.

En fin, aquí estoy ya, sentada, mirando el nublado cielo, y mientras todo transcurre igual de frío que hace días, yo me siento, aún al aire libre, como atrapada entre paredes. Y ya quisiera yo que fueran como las paredes sobre las que cantaba Celine Dion y que a mí me gustaba tanto escuchar, porque esas paredes hablaban de un amor, encerrado, preso, oculto, tal vez no libre, pero en una entrega sincera, amor a fin de cuentas, de colores, sueños y memorias conjuntas y felices. Estas paredes en cambio, son las paredes del hastío del diario, de ver a las personas pasar y no ver más allá dentro de sus miradas, que, al igual que mis paredes internas, lo único que me dicen es que estoy sola. Son las paredes conformadas por el cielo y la nieve del suelo, que lucen igual que las paredes de mi alma y mi corazón. Sólo están ahí, blancas, limpias, pulcras y… vacías, como las paredes de una casa recién pintada.

Aletargada en el nublado hueco vacío de mis paredes de glaciar blanco, miro el reloj de pulsera viejo que llevo conmigo, que, a pesar de los años, sigue aferrado a mi antebrazo, como las rémoras al barco. Cronos, impío ante la vida, como siempre, se limita a correr sin esperar a nadie. Pero yo ya estoy al otro lado del camino, esperándolo, sin prisa alguna, sentada sobre la pequeña islita de mis recuerdos. Mientras tanto, el resto de las personas corren tratando de darle alcance de un modo u otro.

“Tarde, Josh, tarde otra vez.” Definitivamente hoy tampoco pudo llegar. Debe tenerlo detenido el mal tiempo, mientras yo me pierdo en mi delirio de tormentas de algodón, los demás las padecen; no hay muchas comunicaciones, no hay barcos, y mucho menos aviones, así que está tranquila la villa a falta de medios de transporte. Están las familias en su casa, tal vez merendando y platicando anécdotas de antaño. Y yo disfruto caminar entre los copos de nieve, que, agitados, corren como niños de un lado a otro. Disfruto sentir el viento que, cual amante amoroso, revolotea entre mi cabello suavemente. Pareciera que el frío quiere hablarme al oído, y decirme eróticamente que esta noche me quiere toda suya. Yo me limito a, de manera condescendiente, besarle con la fragancia de mi perfume, y a decirle que tal vez algún día me abandonaré en sus brazos, para regresar a mi mundo cálido de naranja sol, pero no es tiempo aún de eso; el desenlace culmina con mi negativa, cual dama que rechaza a algún pretendiente mediocre.

2: En casa

Otra vez encaramada en el tren de letras, letras nacidas del desahucio, del dolor, del vacío de nada, de no sentir nada, más que el peso de las cenizas y lo que quedó después del incendio; y no incendio de algún bien material o inmueble, si no el incendio generado por haberse puesto a quemar (otra vez) de manera simbólica algunos recuerdos. A final de cuentas, por más que lo intente, siempre terminan volviendo. No son los ojos de alguien fijos en la mente y distantes en el recuerdo; tampoco es el eco de la voz del ser amado, y ni siquiera es la nostalgia de extrañar lo perdido... bueno, tal vez lo último sea lo que más se asemeja a la situación.

Es una mezcla extraña entre soledad, frustración, cansancio.... Morir, sería un alivio, para descansar ¿de qué si no ha pasado nada relevante? Pues, de esta sensación de cansancio... pero, es impensable morir… con tantas cosas por hacer aún, y sin embargo, no hay energía suficiente como para hacer nada. Son ganas de todo y nada al mismo tiempo, es a veces querer comerse el mundo, y otras, en cambio, dejarse comer por él. Como pasar de la tristeza al dolor, luego a la euforia, al optimismo, y todo en los mismos cinco minutos.

Lo anterior mezclado con un torbellino de nubes grises, un clima frío sin muchas actividades por hacer, y si añadimos un toque de música para recordar, se puede brindar con las lágrimas que corren por la cara de un intento de escritora frustrada, medio poeta y medio loca, pero siempre medio, porque fue lo que medio quedó después de la destrucción, después del incendio, después de intentar erigir otra vez las ruinas de lo que alguna vez fue... para simplemente quedarse en versos vacíos y lastimeros, en medio llorar, medio escribir, medio vivir, medio morir; sin sentir nada excepto cierto vacío un tanto doloroso.

No es el coraje producto del engaño, no es la tristeza consiguiente a un abandono. Es el grito interior por la pérdida del ser, del yo, al no ver más que tinieblas donde antes había todo un camino por recorrer. Es la asfixia, por ver el tiempo correr, así nada más, sin poderlo detener, sin poder hacer nada, sin que alcance para nada; la impotencia de ver que uno puede ser el mundo para alguien... cuando ni siquiera se tienen los pies puestos en este planeta. Culpa de ver la vida pasar, sin saber qué hacer con ella, culpa de amanecer, de seguir deambulando por estos sitios... culpa de abrir los ojos maldiciendo el nuevo día.

Mientras la poca materia gris, utilizada los últimos minutos para escribir, empieza nuevamente a caer en el ya usual letargo en el que ha estado sumida, el alma se aferra a estas pocas líneas escritas, por sentir que se hizo algo, que se logró algo provechoso en este tiempo muerto, sepultado en la plomiza tarde de hoy, donde todo transcurre casi igual.

Pero no, aún hay versos, aún hay esperanza de algún día volver a ver el color en medio de la oscuridad; bien decía Gustavo Adolfo Bécquer:

mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!

Y bueno, aunque el corazón ya no da para mucho, y la cabeza a estas alturas ya resulta algo obsoleta, o simplemente trabaja al son de la rutina, hay al menos un intento de poesía, con lo cual, tal vez pueda concluirse que aún hay alguna esperanza... porque bueno, recuerdos sigue habiendo muchos, aún después del incendio, aún después de la tormenta... todavía, tras la estela de humo que el dolor ha dejado, siguen ahí los recuerdos; latentes, persistentes, como una fiera esperando el momento justo para atacar a su presa. Y ¿qué más hace uno? Sólo rendirse y entregarse a este bálsamo sublime que son las letras, uno de los pocos espacios, donde, debido un poco a la locura, aún existen los colores.

Mientras cierro la ventana, que acaba de ser azotada por el viento helado, pienso cómo la vida es difícil, más aún, cuando se es ua mezcla de los retazos que los recuerdos le dejan; esa insana co-dependencia a los recuerdos, que duelen, y a la vez no puede uno dejarles porque son parte del mismo ser, desde las entrañas hasta la manera de hablar. Son muchas cosas que han dejado huella en la profundidad del alma, al grado de mutarla y hacerla parte del recuerdo y el recuerdo parte de ella; simplemente no existen el uno sin el otro, aún cuando a diario duele la nostalgia, aún cuando son amargas las palabras del eco vacío que se pierde en el viento.

El suelo está frío, pero no lo siento molesto, simplemente me limito a caminar por la recámara y empezar a alistarme para salir al nuevo día. A fin de cuentas, día y noche, da igual, el día es siempre tan gris y desértico, tan frío y nevado, que a veces es como si fuera cayendo la noche; el sol simplemente es un débil reflejo de lo que era, lo cual me permite llevar una vida normal, dentro de lo que cabe. Mirar el sol me hace mucho daño, como cada vez que me pierdo mirándolo en el ocaso; ese color naranja que me acaricia y me quema a la vez…. Se le extraña, pero es mejor así, intentando buscar el sol sólo moriría en el intento, ahogada en la melancolía y la amargura de ver que todo cambió.

1: Primer día

Hace frío, y el viento helado roza tenuemente mi cara, pero con la fuerza suficiente para sentir cómo penetra la piel; y la nieve blanca atrofia mis sentidos al perderme mirándola.
Todo transcurre igual que los últimos años que recuerdo, los muchos años que recuerdo, como cada invierno, como cada helada que he pasado, todo pareciera estar intacto, inmutable ante el paso del tiempo, todo excepto yo.
Y es que, el tiempo pesa, porque no se limita a sólo pasar, sino que también se acumula: se acumula en recuerdos, en culpas, en dolor, y pesa, como cargar piedras a cuestas. En fin, después de todo, ya estoy acostumbrada a vivir con ello, es parte de mi naturaleza cargar con culpas, y cargarlas sola.

Contemplo el horizonte mientras muere el día, con todos esos colores que difusos se mezclan, dando por resultado esa tonalidad que me eriza la piel, parte negra, después azul, y después naranja, rosado y amarillo…. Y al centro el sol, como siempre, mientras cae, el tibio sol que hace años me da la espalda, al que sólo puedo mirar en la distancia. Se sentía tan bien la calidez del sol, la alegría, el naranja….. ese bendito color naranja que fue al mismo tiempo y en el mismo lugar cielo e infierno, naranja y luminoso, como el bienestar, la energía, como los sábados, idéntico a….. bueno, ya, qué importa, después de todo tengo prohibido recordar. Ahora ese naranja sólo puedo sentirlo tenuemente al verlo en el sol lejano de cada atardecer, mientras todo mi interior se estremece a su paso. El sol, el sol… extraño el sol cuando intento recordar lo que se sentía cuando me iluminaba la piel, el cabello, la mirada; cuando le sentía caer sobre mi espalda, cuando me devoraba entera, cuando sentía ese calor y sentía tanta plenitud, tanta tranquilidad…. Cuando me perdía entre su color y su luminosidad, y parecíamos una sola cosa.
Sí, definitivamente aún me acuerdo, al menos puedo conservarlo en mi memoria, sólo que al mismo tiempo es muy penoso saber, que por más que lo añore, no puedo sentir sobre mí al sol otra vez. Supongo que tendré que resignarme a la sobria belleza de la nieve y a las estrellas, en todo su blanco resplandor.

Bien, sigo aquí de pie esperando, y nada que aparece, caramba. Bueno, dado que ya el sol se ha metido y ya no puedo verlo, encendamos un cigarro para la nostalgia y para perfumar un poco el viento helado. Uf, bueno, creo que no ha venido, en fin, será mejor que me marche, no quiero perder mi tiempo aquí esperando a nadie.

Escucho mis propios pasos murmurarle cosas a la nieve mientras camino, y la luz de luna socavando mi mirada. Vaya que extraño horrores al sol pero la luna me da sosiego y paz. Y los copos de nieve, son fríos, pero su aroma es sutil, y sus formas extraordinarias. Tienen tantos colores, incluso los colores de mi tan añorado sol están en esos diminutos copos de nieve que caen. Será mejor que apresure el paso si no quiero terminar con la chaqueta mojada.

Ya casi llego, sigue haciendo frío, y ahora me pierdo en medio de la noche, ha dejado de nevar; se acabaron los copos de luz por hoy, no más fragmentos de sol, no ahora. Vuelvo a casa.