mercredi 18 mars 2009

3: Hacia afuera...

Lista, tomo mi gabardina y me encamino hacia afuera, a un invierno infinito y blanco, mientras camino, y el viento helado, nuevamente, acaricia mi cara, es reconfortante el frío después de haber experimentado el calor del sol y haber sido quemada por él. Como ir al mar, arderse la piel hasta no soportar más y después sumergirse en el agua helada. Así es mi vida ahora de reconfortante, a salvo estoy de todo en el frío y en las sombras, refugiada tanto de la luz como del calor, ambos ahora mortales, y más después del incendio.

-Good evening, Idalia.

-Good evening, ma’m.

Rodeada de tantas buenas personas, me siento aún peor, pero no tengo muchas opciones ahora. Vivo aquí y al menos todos son discretos, nadie advierte mi presencia tal cual soy, sólo me miran pasar y se limitan a sonreír. Bueno, dado que con algunos de ellos no comparto el mismo idioma, no es motivo de asombro; y con quienes tal vez sí, simplemente somos tan distintos que parecería que tampoco compartimos el mismo lenguaje. Apenas y me saludan. Mejor así, también ellos llevan una vida difícil, la vida aquí es triste. La localidad está apenas en vías de incipiente desarrollo, y paradójicamente, a la vez que viven tristes y con problemas serios, también empujan duro todos para salir adelante. Y digo paradójicamente porque aquí la vida es toda una paradoja. La enciclopedia plantea que “paradoja es una declaración en apariencia verdadera que conlleva a una autocontradicción lógica o a una situación que contradice el sentido común. En palabras simples, una paradoja es lo opuesto a lo que uno considera cierto: es un contrasentido con sentido. Las primeras formas de la palabra aparecieron como la palabra del latín paradoxum, pero es encontrada también en textos griegos como paradoxa. Se encuentra compuesta por el prefijo para-, que significa contrario a o alterado, en conjunción con el sufijo doxa, que significa opinión”.

Acorde a lo anterior, puedo sin duda definir mi vida y la vida en general en este lugar como paradójica. Dicha paradoja puede observarse en muchos aspectos, comenzando con la mera apariencia del lugar: un paisaje nevado que luce desértico; el hecho de los atardeceres llenos de color que se reflejan en los blancos glaciares y algunos espectáculos de aurora boreal que se alcanzan a apreciar en medio de la noche negra. Después, ya en cuanto a las personas, la contradicción radica en que viven inmersos en problemas de drogas, y deprimidos en su mayoría; son pocos habitantes y la muerte recurrente acecha intensamente después y debido a cada suicidio. Para mí sólo hay un lado positivo en cuanto a eso, pero, incluso a mí me sigue pareciendo aterrador. El aire está cargado de muerte, monotonía, añoranza, tristeza, y un toque de gris esperanza, que aunque es valiosa, sigue siendo gris, igual que todo lo demás.

Los colores del paisaje aquí son en su mayor parte café, blancos y grises, básicamente; la única excepción cromática es cuando el sol hace su debut en la mañana y su despedida previa al anochecer, cuando sobre el glaciar deja caer su manto suave de colores. Es ahí donde todos, nativos o no, y sin importar la lengua que hablamos o de dónde venimos, sentimos lo mismo, entregados en contemplar a nuestro principal embajador de vida en estas tierras que a veces parecieran dejadas de la mano de Dios, acariciadas solamente por el sol.
Creo que son los únicos colores que me quedan, el sol, la música y mis tan adoradas letras.

Después del ocaso, camino la orilla, junto al mar, a esperar al querido amigo Josh que viene de Coral Harbour porque fue allá a no sé qué. Si hoy tampoco llega, será la segunda vez que me deje plantada. Igual, no llegará en barco, pero para fines prácticos suelo verle ahí, en la orilla, cerca del aeropuerto.

En fin, aquí estoy ya, sentada, mirando el nublado cielo, y mientras todo transcurre igual de frío que hace días, yo me siento, aún al aire libre, como atrapada entre paredes. Y ya quisiera yo que fueran como las paredes sobre las que cantaba Celine Dion y que a mí me gustaba tanto escuchar, porque esas paredes hablaban de un amor, encerrado, preso, oculto, tal vez no libre, pero en una entrega sincera, amor a fin de cuentas, de colores, sueños y memorias conjuntas y felices. Estas paredes en cambio, son las paredes del hastío del diario, de ver a las personas pasar y no ver más allá dentro de sus miradas, que, al igual que mis paredes internas, lo único que me dicen es que estoy sola. Son las paredes conformadas por el cielo y la nieve del suelo, que lucen igual que las paredes de mi alma y mi corazón. Sólo están ahí, blancas, limpias, pulcras y… vacías, como las paredes de una casa recién pintada.

Aletargada en el nublado hueco vacío de mis paredes de glaciar blanco, miro el reloj de pulsera viejo que llevo conmigo, que, a pesar de los años, sigue aferrado a mi antebrazo, como las rémoras al barco. Cronos, impío ante la vida, como siempre, se limita a correr sin esperar a nadie. Pero yo ya estoy al otro lado del camino, esperándolo, sin prisa alguna, sentada sobre la pequeña islita de mis recuerdos. Mientras tanto, el resto de las personas corren tratando de darle alcance de un modo u otro.

“Tarde, Josh, tarde otra vez.” Definitivamente hoy tampoco pudo llegar. Debe tenerlo detenido el mal tiempo, mientras yo me pierdo en mi delirio de tormentas de algodón, los demás las padecen; no hay muchas comunicaciones, no hay barcos, y mucho menos aviones, así que está tranquila la villa a falta de medios de transporte. Están las familias en su casa, tal vez merendando y platicando anécdotas de antaño. Y yo disfruto caminar entre los copos de nieve, que, agitados, corren como niños de un lado a otro. Disfruto sentir el viento que, cual amante amoroso, revolotea entre mi cabello suavemente. Pareciera que el frío quiere hablarme al oído, y decirme eróticamente que esta noche me quiere toda suya. Yo me limito a, de manera condescendiente, besarle con la fragancia de mi perfume, y a decirle que tal vez algún día me abandonaré en sus brazos, para regresar a mi mundo cálido de naranja sol, pero no es tiempo aún de eso; el desenlace culmina con mi negativa, cual dama que rechaza a algún pretendiente mediocre.

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