Otra vez encaramada en el tren de letras, letras nacidas del desahucio, del dolor, del vacío de nada, de no sentir nada, más que el peso de las cenizas y lo que quedó después del incendio; y no incendio de algún bien material o inmueble, si no el incendio generado por haberse puesto a quemar (otra vez) de manera simbólica algunos recuerdos. A final de cuentas, por más que lo intente, siempre terminan volviendo. No son los ojos de alguien fijos en la mente y distantes en el recuerdo; tampoco es el eco de la voz del ser amado, y ni siquiera es la nostalgia de extrañar lo perdido... bueno, tal vez lo último sea lo que más se asemeja a la situación.
Es una mezcla extraña entre soledad, frustración, cansancio.... Morir, sería un alivio, para descansar ¿de qué si no ha pasado nada relevante? Pues, de esta sensación de cansancio... pero, es impensable morir… con tantas cosas por hacer aún, y sin embargo, no hay energía suficiente como para hacer nada. Son ganas de todo y nada al mismo tiempo, es a veces querer comerse el mundo, y otras, en cambio, dejarse comer por él. Como pasar de la tristeza al dolor, luego a la euforia, al optimismo, y todo en los mismos cinco minutos.
Lo anterior mezclado con un torbellino de nubes grises, un clima frío sin muchas actividades por hacer, y si añadimos un toque de música para recordar, se puede brindar con las lágrimas que corren por la cara de un intento de escritora frustrada, medio poeta y medio loca, pero siempre medio, porque fue lo que medio quedó después de la destrucción, después del incendio, después de intentar erigir otra vez las ruinas de lo que alguna vez fue... para simplemente quedarse en versos vacíos y lastimeros, en medio llorar, medio escribir, medio vivir, medio morir; sin sentir nada excepto cierto vacío un tanto doloroso.
No es el coraje producto del engaño, no es la tristeza consiguiente a un abandono. Es el grito interior por la pérdida del ser, del yo, al no ver más que tinieblas donde antes había todo un camino por recorrer. Es la asfixia, por ver el tiempo correr, así nada más, sin poderlo detener, sin poder hacer nada, sin que alcance para nada; la impotencia de ver que uno puede ser el mundo para alguien... cuando ni siquiera se tienen los pies puestos en este planeta. Culpa de ver la vida pasar, sin saber qué hacer con ella, culpa de amanecer, de seguir deambulando por estos sitios... culpa de abrir los ojos maldiciendo el nuevo día.
Mientras la poca materia gris, utilizada los últimos minutos para escribir, empieza nuevamente a caer en el ya usual letargo en el que ha estado sumida, el alma se aferra a estas pocas líneas escritas, por sentir que se hizo algo, que se logró algo provechoso en este tiempo muerto, sepultado en la plomiza tarde de hoy, donde todo transcurre casi igual.
Pero no, aún hay versos, aún hay esperanza de algún día volver a ver el color en medio de la oscuridad; bien decía Gustavo Adolfo Bécquer:
mientras el corazón y la cabeza
batallando prosigan,
mientras haya esperanzas y recuerdos,
¡habrá poesía!
Y bueno, aunque el corazón ya no da para mucho, y la cabeza a estas alturas ya resulta algo obsoleta, o simplemente trabaja al son de la rutina, hay al menos un intento de poesía, con lo cual, tal vez pueda concluirse que aún hay alguna esperanza... porque bueno, recuerdos sigue habiendo muchos, aún después del incendio, aún después de la tormenta... todavía, tras la estela de humo que el dolor ha dejado, siguen ahí los recuerdos; latentes, persistentes, como una fiera esperando el momento justo para atacar a su presa. Y ¿qué más hace uno? Sólo rendirse y entregarse a este bálsamo sublime que son las letras, uno de los pocos espacios, donde, debido un poco a la locura, aún existen los colores.
Mientras cierro la ventana, que acaba de ser azotada por el viento helado, pienso cómo la vida es difícil, más aún, cuando se es ua mezcla de los retazos que los recuerdos le dejan; esa insana co-dependencia a los recuerdos, que duelen, y a la vez no puede uno dejarles porque son parte del mismo ser, desde las entrañas hasta la manera de hablar. Son muchas cosas que han dejado huella en la profundidad del alma, al grado de mutarla y hacerla parte del recuerdo y el recuerdo parte de ella; simplemente no existen el uno sin el otro, aún cuando a diario duele la nostalgia, aún cuando son amargas las palabras del eco vacío que se pierde en el viento.
El suelo está frío, pero no lo siento molesto, simplemente me limito a caminar por la recámara y empezar a alistarme para salir al nuevo día. A fin de cuentas, día y noche, da igual, el día es siempre tan gris y desértico, tan frío y nevado, que a veces es como si fuera cayendo la noche; el sol simplemente es un débil reflejo de lo que era, lo cual me permite llevar una vida normal, dentro de lo que cabe. Mirar el sol me hace mucho daño, como cada vez que me pierdo mirándolo en el ocaso; ese color naranja que me acaricia y me quema a la vez…. Se le extraña, pero es mejor así, intentando buscar el sol sólo moriría en el intento, ahogada en la melancolía y la amargura de ver que todo cambió.
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